Cáncer, ¿quién dijo
miedo?
Hace algo más de seis años y aprovechando que el día 19 de
Octubre es el día mundial contra el cáncer de mama, me viene a la memoria el
día, el instante exacto en que supe que yo, tenía cáncer de mama. Infinidad de
veces me han preguntado lo mismo; ¿y cómo te lo tomaste? Pregunta que
sinceramente y después del tiempo pasado aún sigo sin saber que contestar. En
cierto modo no me lo tomé mal la verdad sea dicha. No sé si porque cuando me lo
confirmaron en el hospital mi instinto, que nunca falla, ya me había avisado
del resultado del examen médico o bien porque mi salud no siempre ha sido muy
buena. El caso es que yo ya lo sabía antes de la confirmación médica. Aquello
me preparó para lo que más tarde tenía que afrontar. Un sinfín de consultas médicas, largas horas de espera
llevando mi paciencia a límites insospechados, dolorosas pruebas médicas, por
no mencionar la sensación tan desagradable de fracaso en la vida. Dicen que
cuándo estas a punto de morir ves tu
vida pasar por delante de ti, yo en aquellos días no sólo vi pasar mi vida ante
mí, vi mi futuro. ¡¡La de cosas que me perdería!! No vería a mi hija
matricularse, no la vería casada, por aquellos días ya salía con el que hoy es
su esposo, no conocería a mis nietos, no volvería a mi querida Sanlúcar nunca
más. Incluso llegué a decirles que si me moría en Mallorca que no se les
ocurriera enterrarme allí o mi espíritu vendría a martirizarlos, obteniendo así
una promesa veraz y firme ya que ellos sabían que yo y mi espíritu éramos muy
capaces de eso. En cuanto a mi vida y a esa sensación de fracaso, no era más
que un miedo irracional a un desconocimiento total del avance y gravedad de mi
enfermedad. Por suerte y después de un aplazamiento de mi operación, la cosa no
fue tan mal como mi imaginación y mi miedo creyeron.
Cuando estaba liadilla con mi enfermedad, pensé que todo en
mi vida y en mi hacer diario, cambiaría a partir de entonces. Error. Siempre
leí, que no escuché porque por suerte no conozco a nadie con este tipo de
enfermedad, que cuando estas pasando por algo así, tu forma de ver la vida y de
sentirla, cambia. No sé si es que yo soy rara, pero tengo que decirlo, a mi no
me cambió nada de nada. Sigo estando igual de loca, sana pero loca, sigo con
las mismas ganas de guasa que tenemos los gaditanos, sigo con mis mismas ganas
de vivir y sonreír de siempre. No me dan ganas de escalar el Everest, ni de ir
en patines a una maratón. No siento la necesidad de escribir mis memorias y no
cambió mi forma de ver ni percibir a la gente que está a mí alrededor. Sigo
tratándolas de igual modo que antes de mi enfermedad. No, decididamente no
cambió en nada mi vida. Para mí todo aquello que tu vida cambia y te dan ganas
de vivirla más intensamente y de otra forma me sonó a chorrada. No digo que
otras personas en mi misma situación no sintieran la llamada del cambio
positivo pero, a mí no me ocurrió.
En el hospital, imagino que esto lo sabe todo el mundo, hay
un servicio de psicología para estos enfermos. La doctora me dijo que con el
tiempo veríamos si yo lo necesitaba ya que era bueno y me ayudaría a encajar la
situación. Con el tiempo, tal como ella dijo, me volvió a decir lo del servicio
de psicología y si yo quería acudir, a lo que yo respondí que no, que no creía
que lo necesitase. Entonces ella con cara muy seria me dijo: creo que no he explicado bien, el servicio
de psicología al que quiero que vayas es para que tú ayudes a otras mujeres a
ver la enfermedad como lo has hecho tú. No es para ti. Mi cara debió ser un
poema porque la enfermera que estaba
allí se tapó la cara para que no viera su gran sonrisa reflejada en
ella. La doctora con mucha paciencia me
explico que viendo cómo yo había encajado todo aquello, sería bueno para otras
mujeres que fuera a animarlas. Así que me apunté al servicio voluntario. No he acudido
a ninguna reunión porque no me han llamado nunca, tal como yo le contesté a la
doctora en su momento, hay gente mucho mejor preparada para eso que yo. En
parte me alegré porque, ¿qué iba a contarles yo a esas mujeres? ¿Mi forma de
llevarlo? Aún sigo sin saber cuál es. La familia me dice que es por mi forma de
ser, mi carácter, lo que me ayudó a verlo de una forma más suave y sin darle la
importancia que ni más ni menos tiene.
Por el largo camino
de esta enfermedad no solo no noté ese cambió en mi sino que sí lo vi en otras
personas de mi familia. Hubo alejamientos, hubo descubrimiento, hubo
discusiones y acusaciones. Hubo daño emocional, culpabilidad y deterioro de una
familia. No familia de marido e hija, que ellos se portaron conmigo de una
forma desinteresada y ayudándome en todo lo que pude necesitar, estuvieron a mi
lado en todo momento, sobretodo mi hija. Valga estas líneas para darles las
gracias una vez más. Jamás podré pagar lo que ella hizo por mí, jamás podré
hacer llegar mi más infinita gratitud y orgullo que sentí porque fuera ella mi
hija. Me sentí orgullosa y me hinche como un pavo al comprobar que mi hija
había recibido esa educación de mí, pensé: la
has educado bien. Me demostró quién era. Al igual que otras personas que me decepcionaron y no esperé ese
comportamiento para conmigo, mi marido y mi hija. Aún hoy nos lamentamos por la
falta de interés demostrado, por los reproches vertidos hacia mí, por llevar de
una u otra forma mi enfermedad. Cuantas
veces pensé en que ellas y no yo, eran las que necesitaban el psicólogo para
que les dijera y les hiciera comprender de una maldita vez que cada persona es
un mundo y que cada persona afronta de una u otra manera diferente su paso por
la vida con el consiguiente efecto que
eso pueda tener en los demás y sobre todo que tan buena es una forma como otra,
siempre que no se dañe intencionadamente a nadie. Cuantas veces les dije que
era yo la enferma no ellas y que me respetaran… ¿cuántas? No lo sé, perdí la
cuenta. Igual que cuántas lágrimas derramé por todo aquello. Sí, muchos
descubrimientos.
Operación, quimioterapia, radioterapia y tratamiento
hormonal, sí señor, tratamiento completo. Soporté todo eso con todas sus
consecuencias. Para quién no lo sepa, la operación fue una experiencia algo, no
diré traumática porque no sería correcto pero sí, una experiencia inusual. Nunca antes había pasado
por un quirófano.
La quimio, ¿qué decir que algo tan sumamente duro? Sólo diré
esto, de seis secciones a las que me tenía que someter únicamente aguanté
cuatro, después le pedí, le rogué a la doctora que la suspendiera porque no iba
aguantarlo. Y lo mismo que en su momento supe de mi cáncer ahora sabía que
aquello no lo aguantaría más. Así que cuando vi por primera vez a mi marido
llorando tumbado junto a mí en la cama, no puede soportarlo más y me derrumbé.
Acudí a la doctora y le dije que ni una más. La caída del pelo fue lo que menos me
preocupó, en verdad nunca me molestó perderlo y aunque soy todo lo coqueta que
una mujer puede ser, de verdad que no fue traumático para mí lo único que
cuando mi marido me lo rapó, sin quererlo perdimos una lágrimas por el camino
que yo mitigué con mi guasa de siempre y
diciendo que el pelo crecía que no me estaba cortando un brazo mientras le
decía que me dejara guapa.
¿La radio? Aparte de los pequeños pinchazos para marcar la
zona a tratar que me hicieran, no sentí mayor daño, eso sí un trajín porque
tenía que acudir todos los días a las secciones durante un mes y todo hay que decirlo, vivo a 30km del
hospital y no conduzco. Por suerte para mí en aquella época estábamos
instalados en casa de mis padres y el trayecto diario al hospital, se acortó
considerablemente. Muchas personas que son sometidas al tratamiento de radio,
sufren quemaduras en la zona tratada por lo largo del tratamiento y por lo
fuerte de las radiaciones a la que se
someten. Quemaduras que son más o menos graves, pero que yo no sentí.
Y por último el tratamiento
hormonal, que aunque no doloroso si incordioso. Pastilla cada día durante seis
años con el consiguiente aumento de peso que ello me reportó, ahora estoy
recuperándome de eso ya que hace un año terminé. En fin eso no es más que mi experiencia
personal con la enfermedad. Todo esto, ni que decir tiene, causó en mi, otros
desbarajustes debido a dicho tratamiento. Como dicen, te arreglan una cosa pero
te estropean otras. Desarreglos que trato de llevar lo mejor que puedo porque
siempre, y digo siempre, sientes el miedo
que se agraven. Ante el más mínimos indicio de cambio vas que te las
pelas, como suele decirse, al médico para que te diga que eso entra dentro de la normalidad y que no es
nada grave. ¿Miedo a que se reproduzca? Siempre. ¿Miedo a no superarlo?
Siempre. ¿Miedo a la palabra cáncer? Nunca. Siempre respeto pero nunca, jamás,
miedo. Miedo sentimos muchas veces es inevitable pero hay que enfrentares a él.
Cuando yo siento miedo, saco valor de no sé muy bien donde pero me enfrento,
pienso que es la única forma de dejar de sentirlo. Pensarán que es algo
imposible pero nada más lejos de la realidad, si te enfrentas una vez, una sola
vez a tus miedos, al menor de ellos, estarás dispuesta para afrontar los otros.
Sólo hay que proponérselos. No soy una mujer valiente, solo alguien a quién no
quiere que el miedo le pare los pies. Tengo muchas cosas que ver.

....que dedir a esto Loli....casi todos tenemos algún familiar que tiene o ha tenido esta enfermedad,ya vivirlo de cerca es duro,no quiero ni pensar lo que será vivirlo en propias carnes,pero es una realidad y es muy dura.Son momentos muy duros,demasiado para que las personas que creías que te querían,se aparten de ti,pero quizás sea lo mejor,personas falsas alrededor cuantas menos,mejor.Te aparta de unos y te une mas a otros.La vida sigue,como tu dices hay muchas cosas todavía por vivir,no se puede tirar la toalla nunca.Yo estoy orgullosa de ti y de que seas mi amiga.
ResponderEliminarGracias infinitas Lore. Te quiero mucho ya lo sabes, pero me gusta decírtelo.
ResponderEliminarQue difícil se me ha hecho terminar de leer esto y no llorar, porque estás aquí a mí lado y sé que si lloro te empezarás a reír de mí, jajaja. Puede que tú no vieras o notaras cambiar tu vida, que no sintieras ganas de apuntarte a una maratón o hacer más locuras de las que haces (¡y menos mal que fue así!), pero tienes que saber que a tu hija sí la cambiaste. Fue muy duro verte así, sin saber si te era realmente útil, intentando hacer todo lo que pudiera por poco que fuera. Y verte superarlo todo como lo has hecho (con altibajos, puede, pero es normal), me ha hecho una mujer más fuerte. Porque a veces me planteo si me tocará vivir eso a mí o, si tengo una hija, si ella tendrá que vivirlo. Y gracias a ti sé que si ese momento llega, lo superaremos como has hecho tú. Tienes el don de hacer fuerte a los que están a tu alrededor, mamá, porque da igual como vengan las cosas, siempre lo superas, y gracias a esa actitud yo me veo un poco más capaz de afrontar también cualquier problema. Gracias a ti. Te quiero mucho mamá.
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