Lola
Ruiz.
Una de……
Al levantarme
esa mañana supe de inmediato que algo grande me iba a pasar. Mi tranquilidad
del día se vio alterada por este hecho. Claro que soy algo pasota y no me
preocupo mucho. Mal hecho. Debí preocuparme, así habría estado alerta y podía
haberlo visto venir.
Cuando salí
de casa esa mañana lo primero que me ocurrió fue que tropecé con un chico que
venía en dirección opuesta a la mía. Me disculpé cómo no, soy así de educada,
pero no sé qué bicho picó a ese tipo porque se enfadó conmigo por no mirar por
donde iba. Cosa por otra parte que también le incluía a él que iba jugueteando
con su móvil. A saber con quién.
En fin, me aparté
para que el puñetero pudiera pasar tranquilamente, lo cual hizo, ¡sin dar las gracias! Cuando por fin se alejó me lo quedé
mirando un buen rato, no por nada sino porque la verdad, hay que ser honesta,
estaba como un tren. Escandalosamente
alto, de complexión normal, rubillo, media melenilla alborotada, ojos verdes y
grandes, labios bien perfilados y una barba de dos o tres días. Su imponente estampa
la completaba un impecable traje. Si no fuera por la expresión de pocos amigos
que llevaba puesta en su cara, habría babeado ante su aparición. Se fue por su
camino y yo, lógicamente seguí por el mío sin pensar nada más acerca del
incidente. Eso sí, no pude por menos pensar, con ironía, que el día comenzaba
bien.
Al llegar a
la clínica dental donde trabajo cómo auxiliar de gabinete, me esperaba otra
sorpresa. La policía estaba allí. No puedo describir la cara que se me quedó
nada más entrar en la antesala de la clínica. Todas mis compañeras estaban
alborotadas pero, por dentro, porque, por fuera no decían ni mu. No dejaban de
arremolinarse entre ellas, cuatro chicas y dos secretarias. Cómo siempre yo era
la última en aparecer, siempre he pensado que llegar pronto al puesto de
trabajo para comenzar tu tortura no es sano. En cuanto aparecí un policía se me
acercó, y no, no estaba bueno. Era mayor, el uniforme le venía algo estrecho y
olía a tabaco. Puag, yo nunca he fumado y el simple olor me tira para atrás. El
caso es que se me acercó pidiéndome la identificación. Me hizo infinidad de
preguntas que yo contesté con mucha educación y tranquilidad. Por la contra, a
mí sólo me dejó hacer una pregunta que ni siquiera contestó, ¿Qué es todo esto? Esa fue mi pregunta. Luego con el paso de la mañana y el
consiguiente jaleo que todo esto generó, pude enterarme que el dentista,
nuestro jefe, se había fugado con no sé cuánto dinero de unos socios de la
clínica dejándonos a todos en paro. “Juer
la suerte empezaba a ir mejorando”,
ese fue mi pensamiento. Después que lo polis se fueran dejándonos allí con cara
de bobas, decidí ir a merendar a una cafetería cercana a la clínica. Conocía a
las chicas de la cafetería y me moría de ganas de contarles la movida de los
poli, y tenía que ser antes de que Clara, una de las secretarías, me pillara la
vez. Ah no, eso no podía consentirlo yo. Somos educadas pero no tontas. En
cuanto entré en la cafetería lo vi. Me pareció raro ver al mismo tío dos veces
en la misma mañana. Pero bueno, ¿a
quién le amarga un dulce? Decidí
disfrutar de las vistas y olvidé mi cometido al ir allí por lo que Clara me
pilló y cuando puede reaccionar ya había contado a las chicas, cómo dos veces,
lo ocurrido en la clínica. El chaso que me lleve y el cabreo fueron
monumentales pero claro, no dije nada y por supuesto no dejé que se dieran
cuenta, sobre todo Clara. El caso, que para cuando reaccioné Clara me había
pisado la noticia y el tío buenorro se había ido. “Tienes que ser más rápida”,
me dije.
Llegué a casa
y no os podéis imaginar cómo me sentía al darme cuenta que probablemente me
quedaban dos telediarios en la clínica dental y tendría que ponerme a buscar
curro si quería seguir disfrutando de mi independencia. Ni ganas de comer tuve,
me di una ducha y me tomé un café, esperando que acudiera el hambre.
La tarde fue
movidita. Por supuesto tuve que acudir a la clínica hasta nueva orden. Nos la
pasamos anulando citas y pidiendo disculpas a todos los pacientes, que para
colmo ese día estaban todas las citas allí. A nadie le dio por no venir. No.
Todos acudieron. Para colmo de males, ¿a
que no adivináis?... Sí, el tío
buenorro de la mañana era una de las visitas. Y cómo no, la fortuna quiso que
fuese yo la que le explicara que hoy no habría cita. La verdad y en honor a la
honestidad, disfruté como una mona cuando tuve que decírselo. Y no porque fuera tan terriblemente guapo y atractivo,
sino porque después de su mala educación de la mañana me apetecía ser yo quién
se lo dijera. Toma ya bonito te quedas sin cita, jajajaja. Disfruté en verdad
de mi pequeña victoria. Pero a él pareció no importarle mucho. Después de
mirarme durante un rato, pensé que volvería a
ser un desagradable y me preparé para la envestida y ofrecerle una buena
ofensiva, me dijo tranquilamente.
-Creo que he sido un borde contigo así, que para
remediarlo porque no me deja espiar mi culpa invitándote a cenar esta noche, ¿te apetece?
Creo que si
en ese momento hubiese habido por allí una bandada de moscas habría hecho una
merendola en mi boca. Me quedé con la boca abierta y cara de idiota, porque él
me sonrió y entonces acabó de desarmarme. El muy bandido.
No sabía por
donde coger la invitación del desgraciado y buenorro ese. En seguida se puso a
trabajar mi mente y pensé que se estaba riendo de mí. Cómo no, aquello era una
guerra desde esa mañana y él quería ganarla. Y vaya si la había ganado. Le dije
que aceptaba, tranquilamente y sin mostrar alteración ninguna, que una es muy
mujer para eso, ¡vamos! Entonces preguntó que donde quería
que nos viésemos, y ahí si fui rauda y veloz.
-En la acera donde esta mañana hemos tropezado.- Dije
victoriosamente.
Quería que él
se sintiera mal por haber sido tan antipático conmigo. Él sonrió e hizo un
gesto de asentimiento con la cabeza mostrando su acuerdo. Me comunicó a qué
hora debíamos encontrarnos y se encaminó a la puerta de salida. Antes de llegar
a ella, se volvió móvil en mano y me dijo.
-Por
cierto, me llamo Oliver.- Nada de besos de presentación, el tío se fue
dejándome cara boba por cuarta, ¿o
era quinta, vez?
Ni que decir
tiene que me pasé el resto de la tarde pensando que ropa ponerme. No sabía
dónde iba a llevarme por lo que no sabía cómo debía vestirme. Si informal, o
más elegante. Pensé en él, en cómo iba vestido ese día para hacerme una idea,
claro que eso tenía el peligro de hacerme equivocar. El vestía un traje azul
marino, camisa rosada sin corbata. Eso sólo me decía dos cosas que era un dandi
que vestía siempre así, o en realidad era un friki que se veía obligado a
vestir así por su trabajo. Pensar en eso no me ayudó en demasía, me quedé con
las mismas dudas que al principio. Opté por algo intermedio así siempre
acertaría, aunque a estas alturas del día, ya no sabía si había acertado en
algo con él.
La hora de la
cita se acercó demasiado rápido para mi gusto. No es que no tuviera ganas que
llegara pero al mirar el reloj y mirar mi figura frente al espejo supe que
necesitaba un par de horas más. Unos minutos para terminar de arreglarme y más
de una hora para tranquilizarme y dejar de temblar. Empezaron a asaltarme las
dudas. ¡¿Por qué demonios le había
dicho que si a esa cita?! Pensé no
presentarme, total, ¡¿qué
posibilidades había de encontrármelo otra vez?¡ Seamos sensatas, tal como se había presentado el día,
seguro que me lo encontraba nada más salir a la calle. Además me moría de
curiosidad y saber más sobre Oliver. No. Decididamente tenía que acudir a la
cita.
Al llegar al
lugar del encuentro me encontré con que el tal Oliver no había llegado aún.
Decidí esperar y darle los diez minutos de rigor acompañados del beneficio de
la duda. La verdad es que aquello ya me mosqueó. El caso que llevaba un rato
esperando cuando vi como una sombra negra se acercaba desde el fondo de la
calle. Me preparé para lo peor y sólo respiré aliviada cuando comprobé que la
sombra que se acercaba despacio era la de Oliver. “¡Dios pero que tío más guapo!”
Fue lo primero que pensé al verlo. Estaba perfecto. Impecablemente trajeado. “¿Pero
donde coño iba a llevarme para vestirse así?” Mi cabeza daba vueltas y no sólo
por verle allí tan cerca de mí. Cuando se acercó para besarme, esta vez sí que
hubo beso, olí su Hugo Boss y casi caí desmayada. Menos mal que me dio por ir
arregladita que si no el desmayo se convertiría en un hecho irremediablemente,
así que aguanté el tipo como buenamente pude. Por otra parte, ¿cómo desmayarme
con aquel vestido puesto? Ni hablar. No es que fuese de firma pero, era apañado
y me sentaba como un guante además de bien. Estrecho por encima de la rodilla,
escote en pico y media manga. Negro y con unas lindas mariposas rojas a uno de
los lados perfilando la figura que hacían juego con mis zapatos de tacón. Como
para desmayarme. Al besarme, un beso
casto de amigos, fue cuando tuvo el detalle de preguntarme mi nombre. Carla, le
dije yo, y pude notar que ya mi voz no sonaba tan segura cómo siempre. No sé
que me pasaba pero me había hipnotizado. Me agarró de la cintura con una
familiaridad pasmosa. Yo me deje llevar claro está. Cualquiera en mi situación
habría hecho lo mismo. Oliver me condujo por la acera lo cual me extraño, no
había coche, ni moto, ni bici, ni patinete…. Solo un paseo hasta el restaurante
que por otro lado, no estaba tan lejos, eso sí, pijo de narices. Conocía ese
restaurante por estar cerca de casa pero ni en mis mejores sueños habría
imaginado entrar allí. Entonces me sentí pequeñita, muy pequeñita. Se me
encogió el corazón al entrar por esas puertas de cristal inmaculadamente
limpios y resplandecientes y ver a un camarero que nos recibía con una sonrisa
de oreja a oreja y muy servicial, impecablemente trajeado con una servilleta
blanca colgando de su brazo sin una arruga y perfectamente estirada. Tras
preguntar a que nombre estaba hecha la reserva, nos acompañó a nuestra mesa.
Una mesa igual que todo el restaurante, delicadamente decorada. Mira que es
difícil arreglar una mesa pero, allí parecía que además trabajaba un decorador,
cosa por otra parte nada raro. El caso es que después del primer impacto,
decidí pasarlo bien, cuando tendría la oportunidad de volver a entrar allí no
lo sabía por eso debía disfrutar hasta el último momento y así me dispuse a
hacerlo. Además la compañía era encantadora. No había dejado de sonreír ni de
soltar mi cintura, algo que hacía que me sintiera en una nube, provocando en mi
un estado de rubor permanente. La cena fue de lo más agradable. Oliver sabía
cómo hacer para tenerme entretenida. Era divertido, extrovertido, y encantador.
Por todo esto me pasó volando el tiempo y cuando por fin salimos de allí, sentí
pena porque sabía que pronto debíamos separarnos. Mi casa no estaba muy lejos
así que el paseo de vuelta iba a ser corto. Empecé a maquinar cómo sería
posible que nos volviésemos a ver. A pesar de que mi mente trabajaba a todo
correr no se me ocurría nada. El tiempo y la distancia corrían en mi contra.
Me dejó en la puerta de casa sin intención de
entrar. Todo muy caballeroso. “¿Existen
los caballeros todavía?” Yo no lo
sabía pero sin duda frente a mí había uno. Mi desilusión fue colosal. Por una
vez maldije la caballerosidad. Mira que mala suerte, para uno que hay me toca a
mí.
Después de la
despedida con un beso igual de casto que el del encuentro, me dejo más plantada
que un nabo. ¡Tendrá valor el tío!
La verdad sea
dicha chicas, me alegré como nunca de que me dejara en la puerta de casa,
demostraba que no iba tan rápido, ¿no? Debo ser tonta del remate, mira que
pensar eso.

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