miércoles, 9 de octubre de 2013

Una de...



                                                                                                            Lola Ruiz.

Una de……



Al levantarme esa mañana supe de inmediato que algo grande me iba a pasar. Mi tranquilidad del día se vio alterada por este hecho. Claro que soy algo pasota y no me preocupo mucho. Mal hecho. Debí preocuparme, así habría estado alerta y podía haberlo visto venir.

Cuando salí de casa esa mañana lo primero que me ocurrió fue que tropecé con un chico que venía en dirección opuesta a la mía. Me disculpé cómo no, soy así de educada, pero no sé qué bicho picó a ese tipo porque se enfadó conmigo por no mirar por donde iba. Cosa por otra parte que también le incluía a él que iba jugueteando con su móvil. A saber con quién.

En fin, me aparté para que el puñetero pudiera pasar tranquilamente, lo cual hizo, ¡sin dar las gracias! Cuando por fin se alejó me lo quedé mirando un buen rato, no por nada sino porque la verdad, hay que ser honesta, estaba como un tren.  Escandalosamente alto, de complexión normal, rubillo, media melenilla alborotada, ojos verdes y grandes, labios bien perfilados y una  barba de dos o tres días. Su imponente estampa la completaba un impecable traje. Si no fuera por la expresión de pocos amigos que llevaba puesta en su cara, habría babeado ante su aparición. Se fue por su camino y yo, lógicamente seguí por el mío sin pensar nada más acerca del incidente. Eso sí, no pude por menos pensar, con ironía, que el día comenzaba bien.
Al llegar a la clínica dental donde trabajo cómo auxiliar de gabinete, me esperaba otra sorpresa. La policía estaba allí. No puedo describir la cara que se me quedó nada más entrar en la antesala de la clínica. Todas mis compañeras estaban alborotadas pero, por dentro, porque, por fuera no decían ni mu. No dejaban de arremolinarse entre ellas, cuatro chicas y dos secretarias. Cómo siempre yo era la última en aparecer, siempre he pensado que llegar pronto al puesto de trabajo para comenzar tu tortura no es sano. En cuanto aparecí un policía se me acercó, y no, no estaba bueno. Era mayor, el uniforme le venía algo estrecho y olía a tabaco. Puag, yo nunca he fumado y el simple olor me tira para atrás. El caso es que se me acercó pidiéndome la identificación. Me hizo infinidad de preguntas que yo contesté con mucha educación y tranquilidad. Por la contra, a mí sólo me dejó hacer una pregunta que ni siquiera contestó, ¿Qué es todo esto? Esa fue mi pregunta. Luego con el paso de la mañana y el consiguiente jaleo que todo esto generó, pude enterarme que el dentista, nuestro jefe, se había fugado con no sé cuánto dinero de unos socios de la clínica dejándonos a todos en paro. Juer la suerte empezaba a ir mejorando, ese fue mi pensamiento. Después que lo polis se fueran dejándonos allí con cara de bobas, decidí ir a merendar a una cafetería cercana a la clínica. Conocía a las chicas de la cafetería y me moría de ganas de contarles la movida de los poli, y tenía que ser antes de que Clara, una de las secretarías, me pillara la vez. Ah no, eso no podía consentirlo yo. Somos educadas pero no tontas. En cuanto entré en la cafetería lo vi. Me pareció raro ver al mismo tío dos veces en la misma mañana. Pero bueno, ¿a quién le amarga un dulce? Decidí disfrutar de las vistas y olvidé mi cometido al ir allí por lo que Clara me pilló y cuando puede reaccionar ya había contado a las chicas, cómo dos veces, lo ocurrido en la clínica. El chaso que me lleve y el cabreo fueron monumentales pero claro, no dije nada y por supuesto no dejé que se dieran cuenta, sobre todo Clara. El caso, que para cuando reaccioné Clara me había pisado la noticia y el tío buenorro se había ido. Tienes que ser más rápida, me dije.

Llegué a casa y no os podéis imaginar cómo me sentía al darme cuenta que probablemente me quedaban dos telediarios en la clínica dental y tendría que ponerme a buscar curro si quería seguir disfrutando de mi independencia. Ni ganas de comer tuve, me di una ducha y me tomé un café, esperando que acudiera el hambre.

La tarde fue movidita. Por supuesto tuve que acudir a la clínica hasta nueva orden. Nos la pasamos anulando citas y pidiendo disculpas a todos los pacientes, que para colmo ese día estaban todas las citas allí. A nadie le dio por no venir. No. Todos acudieron. Para colmo de males, ¿a que no adivináis?... Sí, el tío buenorro de la mañana era una de las visitas. Y cómo no, la fortuna quiso que fuese yo la que le explicara que hoy no habría cita. La verdad y en honor a la honestidad, disfruté como una mona cuando tuve que decírselo. Y no porque  fuera tan terriblemente guapo y atractivo, sino porque después de su mala educación de la mañana me apetecía ser yo quién se lo dijera. Toma ya bonito te quedas sin cita, jajajaja. Disfruté en verdad de mi pequeña victoria. Pero a él pareció no importarle mucho. Después de mirarme durante un rato, pensé que volvería a  ser un desagradable y me preparé para la envestida y ofrecerle una buena ofensiva, me dijo tranquilamente.

-Creo que  he sido un borde contigo así, que para remediarlo porque no me deja espiar mi culpa invitándote a cenar esta noche, ¿te apetece?

Creo que si en ese momento hubiese habido por allí una bandada de moscas habría hecho una merendola en mi boca. Me quedé con la boca abierta y cara de idiota, porque él me sonrió y entonces acabó de desarmarme. El muy bandido.

No sabía por donde coger la invitación del desgraciado y buenorro ese. En seguida se puso a trabajar mi mente y pensé que se estaba riendo de mí. Cómo no, aquello era una guerra desde esa mañana y él quería ganarla. Y vaya si la había ganado. Le dije que aceptaba, tranquilamente y sin mostrar alteración ninguna, que una es muy mujer para eso, ¡vamos! Entonces preguntó que donde quería que nos viésemos, y ahí si fui rauda y veloz.

-En la acera donde esta mañana hemos tropezado.- Dije victoriosamente.

Quería que él se sintiera mal por haber sido tan antipático conmigo. Él sonrió e hizo un gesto de asentimiento con la cabeza mostrando su acuerdo. Me comunicó a qué hora debíamos encontrarnos y se encaminó a la puerta de salida. Antes de llegar a ella, se volvió móvil en mano y me dijo.

 -Por cierto, me llamo Oliver.- Nada de besos de presentación, el tío se fue dejándome cara boba por cuarta, ¿o era quinta, vez?

Ni que decir tiene que me pasé el resto de la tarde pensando que ropa ponerme. No sabía dónde iba a llevarme por lo que no sabía cómo debía vestirme. Si informal, o más elegante. Pensé en él, en cómo iba vestido ese día para hacerme una idea, claro que eso tenía el peligro de hacerme equivocar. El vestía un traje azul marino, camisa rosada sin corbata. Eso sólo me decía dos cosas que era un dandi que vestía siempre así, o en realidad era un friki que se veía obligado a vestir así por su trabajo. Pensar en eso no me ayudó en demasía, me quedé con las mismas dudas que al principio. Opté por algo intermedio así siempre acertaría, aunque a estas alturas del día, ya no sabía si había acertado en algo con él.

La hora de la cita se acercó demasiado rápido para mi gusto. No es que no tuviera ganas que llegara pero al mirar el reloj y mirar mi figura frente al espejo supe que necesitaba un par de horas más. Unos minutos para terminar de arreglarme y más de una hora para tranquilizarme y dejar de temblar. Empezaron a asaltarme las dudas. ¡¿Por qué demonios le había dicho que si a esa cita?! Pensé no presentarme, total, ¡¿qué posibilidades había de encontrármelo otra vez?¡  Seamos sensatas, tal como se había presentado el día, seguro que me lo encontraba nada más salir a la calle. Además me moría de curiosidad y saber más sobre Oliver. No. Decididamente tenía que acudir a la cita.

Al llegar al lugar del encuentro me encontré con que el tal Oliver no había llegado aún. Decidí esperar y darle los diez minutos de rigor acompañados del beneficio de la duda. La verdad es que aquello ya me mosqueó. El caso que llevaba un rato esperando cuando vi como una sombra negra se acercaba desde el fondo de la calle. Me preparé para lo peor y sólo respiré aliviada cuando comprobé que la sombra que se acercaba despacio era la de Oliver. “¡Dios pero que tío más guapo!” Fue lo primero que pensé al verlo. Estaba perfecto. Impecablemente trajeado. “¿Pero donde coño iba a llevarme para vestirse así?” Mi cabeza daba vueltas y no sólo por verle allí tan cerca de mí. Cuando se acercó para besarme, esta vez sí que hubo beso, olí su Hugo Boss y casi caí desmayada. Menos mal que me dio por ir arregladita que si no el desmayo se convertiría en un hecho irremediablemente, así que aguanté el tipo como buenamente pude. Por otra parte, ¿cómo desmayarme con aquel vestido puesto? Ni hablar. No es que fuese de firma pero, era apañado y me sentaba como un guante además de bien. Estrecho por encima de la rodilla, escote en pico y media manga. Negro y con unas lindas mariposas rojas a uno de los lados perfilando la figura que hacían juego con mis zapatos de tacón. Como para desmayarme.  Al besarme, un beso casto de amigos, fue cuando tuvo el detalle de preguntarme mi nombre. Carla, le dije yo, y pude notar que ya mi voz no sonaba tan segura cómo siempre. No sé que me pasaba pero me había hipnotizado. Me agarró de la cintura con una familiaridad pasmosa. Yo me deje llevar claro está. Cualquiera en mi situación habría hecho lo mismo. Oliver me condujo por la acera lo cual me extraño, no había coche, ni moto, ni bici, ni patinete…. Solo un paseo hasta el restaurante que por otro lado, no estaba tan lejos, eso sí, pijo de narices. Conocía ese restaurante por estar cerca de casa pero ni en mis mejores sueños habría imaginado entrar allí. Entonces me sentí pequeñita, muy pequeñita. Se me encogió el corazón al entrar por esas puertas de cristal inmaculadamente limpios y resplandecientes y ver a un camarero que nos recibía con una sonrisa de oreja a oreja y muy servicial, impecablemente trajeado con una servilleta blanca colgando de su brazo sin una arruga y perfectamente estirada. Tras preguntar a que nombre estaba hecha la reserva, nos acompañó a nuestra mesa. Una mesa igual que todo el restaurante, delicadamente decorada. Mira que es difícil arreglar una mesa pero, allí parecía que además trabajaba un decorador, cosa por otra parte nada raro. El caso es que después del primer impacto, decidí pasarlo bien, cuando tendría la oportunidad de volver a entrar allí no lo sabía por eso debía disfrutar hasta el último momento y así me dispuse a hacerlo. Además la compañía era encantadora. No había dejado de sonreír ni de soltar mi cintura, algo que hacía que me sintiera en una nube, provocando en mi un estado de rubor permanente. La cena fue de lo más agradable. Oliver sabía cómo hacer para tenerme entretenida. Era divertido, extrovertido, y encantador. Por todo esto me pasó volando el tiempo y cuando por fin salimos de allí, sentí pena porque sabía que pronto debíamos separarnos. Mi casa no estaba muy lejos así que el paseo de vuelta iba a ser corto. Empecé a maquinar cómo sería posible que nos volviésemos a ver. A pesar de que mi mente trabajaba a todo correr no se me ocurría nada. El tiempo y la distancia corrían en mi contra.

 Me dejó en la puerta de casa sin intención de entrar. Todo muy caballeroso. “¿Existen los caballeros todavía?” Yo no lo sabía pero sin duda frente a mí había uno. Mi desilusión fue colosal. Por una vez maldije la caballerosidad. Mira que mala suerte, para uno que hay me toca a mí.

Después de la despedida con un beso igual de casto que el del encuentro, me dejo más plantada que un nabo. ¡Tendrá valor el tío!

La verdad sea dicha chicas, me alegré como nunca de que me dejara en la puerta de casa, demostraba que no iba tan rápido, ¿no? Debo ser tonta del remate, mira que pensar eso.

No sé ni cómo me pude dormir. Todo aquello me parecía demasiado heavy para que me pasara a mí, soy una mujer normal y corriente a la que nunca le pasa nada estrafalario ni emocionante. Tardé en dormirme más de lo debidamente razonable y naturalmente eso…. Me pasó factura. 



  

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