jueves, 24 de octubre de 2013

El Lago de las Lágrimas



EL LAGO DE LAS LÁGRIMAS


Al otro lado del sol, entre lo real y lo irreal, se encuentra la isla donde vivo.
Playas de resplandeciente arena recorren sus costas salpicadas por pequeños pueblos marineros unidos entre sí por serpenteantes ríos y caminos.  En su mayoría, gentes marineras los habitan, encontrándose también agricultores, ganaderos, talladores y astilleros. Pueblos que despiertan al amanecer con el bullicioso jaleo de sus gentes. Marineros faenando en sus barcazas para la pesca diaria, agricultores y ganaderos  preparando el mercado para la venta de sus mercancías, talladores en sus talleres trajinando sus pequeñas obras, astilleros preparándose para el comienzo de la jornada. Madres y niños  en su carrera diaria por llegar a tiempo a donde sea que vayan. Y esa, señores, es la vida normal y corriente de mi pueblo, en mi isla al otro lado del sol.
Existe en mi isla un lago. Un inmenso lago de agua dulce donde está completamente prohibido bañarse para no alterar su esencia viva y romántica que nos empeñamos en conservar. El Lago de las Lágrimas es un lugar de encuentros, de declaraciones, de promesas, de risas y confesiones. Es allí donde concurre toda la gente que tiene algo importante y transcendental que hacer o decir. O simplemente para pasar el día en familia. En sus comienzos, el lago era salado pues su nacimiento venía de una veta de agua proveniente del mar siendo un lugar de pesca muy concurrido pues era enorme la cantidad de peces que allí habitaban. Su historia, leyenda, cuento, o como queráis llamarlo, es importante para la gente de la isla. A mí me la contaron siendo muy niña y desde entonces es una leyenda que siempre que el 18 de agosto asoma por el calendario, me viene a la memoria. Esta leyenda es voz populi en toda la isla y no hay habitante, joven, viejo o niño  que no la conozca y la respete. El 18 de agosto es por consiguiente fiesta en toda la isla y este día se conmemora y celebra de forma general, siendo una tradición acudir al lago para su festividad.  Muchas leyendas habitan y moran en la memoria de los habitantes de la isla. Leyendas que han hecho de mi isla y de sus gentes lo que es y somos. Somos en esencia, gentes creyentes, respetuosas y temerosas con nuestras historias y tradiciones. Sin embargo, es la leyenda del El lago de las Lágrimas la más importante para nosotros.
Cuentan las crónicas, que existía una pareja de enamorados. Tan puro era su amor, que a los niños les despertaban una sonrisa cuando los veían pasear, a los jóvenes el instinto dulzón y enamoradizo de sus primeros amores y a los ancianos les avivaba su más tierna y jovial mocedad.  Eras pues la envidia sana de los habitantes de la isla. No obstante, había un muchacho que no sentía aquella satisfacción al verlos juntos pues, unos celos enfermizos le devoraban por dentro. Estando enamorado de la misma muchacha, su existencia se hacía cada vez más insoportable, empezando a pensar y cavilar un plan para separarlos y gozar él del amor de la joven.
Una calurosa mañana de julio se le presentó la oportunidad que  estaba esperando con tanta urgencia. Sin desaprovecharla se lanzó a ella sin pensarlo y lo preparó todo para culminar con éxito su maquiavélica empresa. Sabedor que el joven enamorado era un agricultor de los que ponen el mercado en la plaza con su familia y conocedor de los mares que era él, no tardó en utilizarlo a su favor. Lo temprano de la hora también jugaba a su favor y cuando estaba seguro que nadie podía verle, le llamó. Bondadoso como era y confiado acudió a la llamada sin dilación. Escuchó lo que el joven vecino tenía que contarle y esa fue su perdición.
Le contó que debía ir sin demora al lago pues su amada estaba allí esperándole y que no debía hacerla esperar pues por lo visto quería decirle algo muy importante. El joven fue sin pensar que aquello era una trampa urdida por su enemigo. Nada más llegar al lago, se encontró con que la joven estaba ahogándose y en un intento desesperado por salvar a su amada se lanzó al lago confiando en su amor y en su valentía. Nada de aquello le sirvió pues él no sabía nadar y con ayuda de los peces que se congregaron a su alrededor, rápidamente se hundió mientras trataba por todos los medios de llegar hasta su amada, sin darse cuenta que aquello que él creyó era ella, solo era una gran sabana tirada en el centro del lago. En unos angustiosos minutos, el joven se ahogó, perdiendo la vida en un intento desesperado por salvarla a ella. Mientras en la orilla, escondido y siendo testigo de todo aquello, estaba el muchacho que había urdido aquella maliciosa trampa. En su afán por deshacerse de él, dejó que se ahogara sin prestarle ayuda. Dejó pasar algún tiempo más y tras muchos minutos cuando consideró que ya era hora, se lanzó al lago para mojarse la ropa dando veracidad a su posterior explicación y salió corriendo al pueblo gritando que el joven se había ahogado mientras él trataba de ayudarle. Pronto la gente supo que no había ocurrido tal como él lo había contado, un marinero experto y fuerte como era no habría dejado ahogarse al joven. Las sospechas pronto  empezaron a recaer sobre él y el muchacho tuvo que irse  por miedo a la reacción de la gente. Mientras tanto, la joven al conocer la muerte de su amado se marchó al lago y arrodillándose en una de las orillas, comenzó a llorar desesperadamente. Nada pudieron hacer su familia ni las gentes del pueblo por consolarla y para que dejara de llorar. Todos los intentos fueron inútiles, ella no solo no dejó de llorar, sino que cada vez, lo hacía con más intensidad en su desesperación por el dolor tan intenso que sentía en su corazón. Poco a poco las lágrimas que eran vertidas al lago fuero cambiando no solo la salinidad del agua volviéndola dulce, los peces se retiraron y no volvieron y el lago experimento un crecimiento inusual. Esto no trajo más que desdicha al pueblo dejándolo sin una fuente de sustento importante con la retirada de los peces y con la gran tristeza reflejada en los rostros de las gentes de la isla. Poco a poco la joven se fue consumiendo y una mañana el 18 de agosto cuando no hacía un mes de la muerte de su amado, no soportándolo más, se lanzó al lago y se hundió. Todo el mundo lamentó y lloró el desenlace de aquella historia de amor que acabó de forma tan trágica.
 Desde entonces y en honor a los enamorados que allí se ahogaron se celebra el día 18 de agosto lanzando flores y farolillos luminosos al lago. Que pasó a llamarse el Lago de las Lágrimas con una orilla de los enamorados. Con el tiempo la tradición se ha mantenido pero lo que fue algo triste paso a convertirse en algo alegre y tradicional ya que los jóvenes cuando estaban enamorados iban allí y delante del lago declaraban su amor con la idea romántica que los dos enamorados que tanto se amaron en vida y que yacían bajo sus aguas, consagraran su amor.
Y esta es una de las leyendas que se cuenta en la isla donde vivo, al otro lado del sol, entre lo real y lo irreal.

                                                 

LOLA

miércoles, 9 de octubre de 2013

Una de.... Brujas

El primer relato, cuento, escrito, o como que queráis llamarlo que publiqué es este. Deciros antes de empezar a leer que, debéis tener en cuenta que fue escrito para un grupo de facebook al cuál pertenezco y que habiendo acontecido un mal momento en dicho grupo por culpa de acusaciones vertidas entre varias miembros del grupo, a mí se me ocurrió que era una buena forma para limar asperezas. Añadir que dicho problema se solucionó para bien del grupo y sus componentes.



UNA DE BRUJAS.

Hoy os voy a contar una historia. Esto que paso a relataros ocurrió no hace mucho tiempo y por respeto a la persona que me lo contó no diré nombre real.
Era un día lluvioso, cuando Ana entró a todo correr a su casa. Ni que decir tienen que esta echa una sopa, empapada por entero. La pequeña carrera que había hecho dese la parada del autobús hasta su casa la había puesto así. Además de un tremendo mal humor. En seguida que entró lo primero que hizo fue quitarse los zapatos, que por fortuna para ella y su carrera eran, unas manoletinas muy planas. Seguidamente se marchó a su dormitorio y se despojó de toda la ropa poniéndose ropa seca. Ya acomodada de ropa, marchó  a la cocina y se preparó un café, aclarar que es una viciosilla del café. Con su  taza de café en la mano y mientras miraba por la ventana como la lluvia hacia su trabajo mojándolo todo, notó cómo un olor rancio inundaba toda la sala. No prestó mucha atención y encogió los hombros con indiferencia. Siguió con su café deleitándose a cada trago. De pronto notó unos escalofríos en todo su cuerpo que nacía en la nuca y moría en los pies. Se arrebujo en sus ropas y fue a encender la chimenea. Se sentó frente a ella mirando embelesada cómo chisporroteaban los troncos por lo que no sé dio cuenta de nada, ni que decir tiene que Ana es un poco despistadilla y se evade con facilidad. El caso es que, estando ella tan ensimismada con la lumbre no se dio cuenta de nada cuando de repente sintió cómo algo o alguien le tocaba el hombro por detrás de ella. Se volvió  con más miedo que curiosidad ya que en ese momento se encontraba sola en casa y frente  a ella vio una mujer joven, alta, vestida de negro de los pies a la cabeza con el pelo recogido en un moño tipo abuela. Le extendió la mano con algo que, al principio, Ana no supo que era para entregárselo. Sin saber cómo ni porque, Ana extendió la mano, ella dice que la mujer le obligo de alguna manera a extenderla. Cuando Ana recogió el presente que le entregaba la mujer de negro, sintió calor en su mano pero no lo soltó ya que no quemaba, más bien era un calor agradable. Al instante la mujer estaba cerca de su oído izquierdo y oyó como le decía en un susurro, “guárdalo, te hará falta” ya la mujer empezaba a desvanecerse cuando en un acto de valor Ana sacó fuerzas para poder hablar y preguntarle que para qué iba a hacerle falta. La mujer la miró y  dijo,”a una bruja jamás debe faltarle esto y tú querida eres una bruja, disfrútalo”. Ana se quedó mirando como la mujer desaparecía delante de ella con una tranquilidad pasmosa. Cuando por fin se quedó sola y pudo reaccionar, abrió la mano y allí estaba el amuleto que le había entregado, su amuleto, el amuleto de una bruja. Ana se quedó pasmada, era un trozo de papel doblado dos veces. Y esto, ¿es un amuleto? Se pregunto desilusionada. Lo abrió desganada y desencantada.  Nada más abrirlo fueron apareciendo unas letras como por arte de magia. Ana estaba tan alucinada que no pudo leer lo que el papel le decía en un primer momento pero después de un momento de calma, respiró y volviendo su atención al papel puedo leerlo, “INDULGENCIA”. Ana no lo supo entonces pero con el tiempo se dio cuenta que esa palabra había cambiado su forma de ser y no sólo eso, había condicionado su futuro.  Se dedicó a leer las cartas y el futuro en todo tipo de artefactos. Tenía un don y era buena, las vecinas iban a su consulta, yo entre ellas. Aquella mujer menudilla me fascinaba en demasía por lo que pasaba largos ratos en su casa hablando con ella. Y en una de esas charlas me contó su historia que, yo hoy y por todo lo ocurrido en los últimos días, he querido haceros conocedoras.  Por eso niñas mías os pido algo de indulgencia a partir de ahora para con todas las brujas que  pertenecen y las que en un futuro puedan pertenecer, a este magnífico grupo.
Espero que mi relato os haya gustado tanto cómo a mi…… inventármelo, jajajaajaj. Ea a pasarlo bien y no se olviden: sean malas que son las que se divierten.




Una de...



                                                                                                            Lola Ruiz.

Una de……



Al levantarme esa mañana supe de inmediato que algo grande me iba a pasar. Mi tranquilidad del día se vio alterada por este hecho. Claro que soy algo pasota y no me preocupo mucho. Mal hecho. Debí preocuparme, así habría estado alerta y podía haberlo visto venir.

Cuando salí de casa esa mañana lo primero que me ocurrió fue que tropecé con un chico que venía en dirección opuesta a la mía. Me disculpé cómo no, soy así de educada, pero no sé qué bicho picó a ese tipo porque se enfadó conmigo por no mirar por donde iba. Cosa por otra parte que también le incluía a él que iba jugueteando con su móvil. A saber con quién.

En fin, me aparté para que el puñetero pudiera pasar tranquilamente, lo cual hizo, ¡sin dar las gracias! Cuando por fin se alejó me lo quedé mirando un buen rato, no por nada sino porque la verdad, hay que ser honesta, estaba como un tren.  Escandalosamente alto, de complexión normal, rubillo, media melenilla alborotada, ojos verdes y grandes, labios bien perfilados y una  barba de dos o tres días. Su imponente estampa la completaba un impecable traje. Si no fuera por la expresión de pocos amigos que llevaba puesta en su cara, habría babeado ante su aparición. Se fue por su camino y yo, lógicamente seguí por el mío sin pensar nada más acerca del incidente. Eso sí, no pude por menos pensar, con ironía, que el día comenzaba bien.
Al llegar a la clínica dental donde trabajo cómo auxiliar de gabinete, me esperaba otra sorpresa. La policía estaba allí. No puedo describir la cara que se me quedó nada más entrar en la antesala de la clínica. Todas mis compañeras estaban alborotadas pero, por dentro, porque, por fuera no decían ni mu. No dejaban de arremolinarse entre ellas, cuatro chicas y dos secretarias. Cómo siempre yo era la última en aparecer, siempre he pensado que llegar pronto al puesto de trabajo para comenzar tu tortura no es sano. En cuanto aparecí un policía se me acercó, y no, no estaba bueno. Era mayor, el uniforme le venía algo estrecho y olía a tabaco. Puag, yo nunca he fumado y el simple olor me tira para atrás. El caso es que se me acercó pidiéndome la identificación. Me hizo infinidad de preguntas que yo contesté con mucha educación y tranquilidad. Por la contra, a mí sólo me dejó hacer una pregunta que ni siquiera contestó, ¿Qué es todo esto? Esa fue mi pregunta. Luego con el paso de la mañana y el consiguiente jaleo que todo esto generó, pude enterarme que el dentista, nuestro jefe, se había fugado con no sé cuánto dinero de unos socios de la clínica dejándonos a todos en paro. Juer la suerte empezaba a ir mejorando, ese fue mi pensamiento. Después que lo polis se fueran dejándonos allí con cara de bobas, decidí ir a merendar a una cafetería cercana a la clínica. Conocía a las chicas de la cafetería y me moría de ganas de contarles la movida de los poli, y tenía que ser antes de que Clara, una de las secretarías, me pillara la vez. Ah no, eso no podía consentirlo yo. Somos educadas pero no tontas. En cuanto entré en la cafetería lo vi. Me pareció raro ver al mismo tío dos veces en la misma mañana. Pero bueno, ¿a quién le amarga un dulce? Decidí disfrutar de las vistas y olvidé mi cometido al ir allí por lo que Clara me pilló y cuando puede reaccionar ya había contado a las chicas, cómo dos veces, lo ocurrido en la clínica. El chaso que me lleve y el cabreo fueron monumentales pero claro, no dije nada y por supuesto no dejé que se dieran cuenta, sobre todo Clara. El caso, que para cuando reaccioné Clara me había pisado la noticia y el tío buenorro se había ido. Tienes que ser más rápida, me dije.

Llegué a casa y no os podéis imaginar cómo me sentía al darme cuenta que probablemente me quedaban dos telediarios en la clínica dental y tendría que ponerme a buscar curro si quería seguir disfrutando de mi independencia. Ni ganas de comer tuve, me di una ducha y me tomé un café, esperando que acudiera el hambre.

La tarde fue movidita. Por supuesto tuve que acudir a la clínica hasta nueva orden. Nos la pasamos anulando citas y pidiendo disculpas a todos los pacientes, que para colmo ese día estaban todas las citas allí. A nadie le dio por no venir. No. Todos acudieron. Para colmo de males, ¿a que no adivináis?... Sí, el tío buenorro de la mañana era una de las visitas. Y cómo no, la fortuna quiso que fuese yo la que le explicara que hoy no habría cita. La verdad y en honor a la honestidad, disfruté como una mona cuando tuve que decírselo. Y no porque  fuera tan terriblemente guapo y atractivo, sino porque después de su mala educación de la mañana me apetecía ser yo quién se lo dijera. Toma ya bonito te quedas sin cita, jajajaja. Disfruté en verdad de mi pequeña victoria. Pero a él pareció no importarle mucho. Después de mirarme durante un rato, pensé que volvería a  ser un desagradable y me preparé para la envestida y ofrecerle una buena ofensiva, me dijo tranquilamente.

-Creo que  he sido un borde contigo así, que para remediarlo porque no me deja espiar mi culpa invitándote a cenar esta noche, ¿te apetece?

Creo que si en ese momento hubiese habido por allí una bandada de moscas habría hecho una merendola en mi boca. Me quedé con la boca abierta y cara de idiota, porque él me sonrió y entonces acabó de desarmarme. El muy bandido.

No sabía por donde coger la invitación del desgraciado y buenorro ese. En seguida se puso a trabajar mi mente y pensé que se estaba riendo de mí. Cómo no, aquello era una guerra desde esa mañana y él quería ganarla. Y vaya si la había ganado. Le dije que aceptaba, tranquilamente y sin mostrar alteración ninguna, que una es muy mujer para eso, ¡vamos! Entonces preguntó que donde quería que nos viésemos, y ahí si fui rauda y veloz.

-En la acera donde esta mañana hemos tropezado.- Dije victoriosamente.

Quería que él se sintiera mal por haber sido tan antipático conmigo. Él sonrió e hizo un gesto de asentimiento con la cabeza mostrando su acuerdo. Me comunicó a qué hora debíamos encontrarnos y se encaminó a la puerta de salida. Antes de llegar a ella, se volvió móvil en mano y me dijo.

 -Por cierto, me llamo Oliver.- Nada de besos de presentación, el tío se fue dejándome cara boba por cuarta, ¿o era quinta, vez?

Ni que decir tiene que me pasé el resto de la tarde pensando que ropa ponerme. No sabía dónde iba a llevarme por lo que no sabía cómo debía vestirme. Si informal, o más elegante. Pensé en él, en cómo iba vestido ese día para hacerme una idea, claro que eso tenía el peligro de hacerme equivocar. El vestía un traje azul marino, camisa rosada sin corbata. Eso sólo me decía dos cosas que era un dandi que vestía siempre así, o en realidad era un friki que se veía obligado a vestir así por su trabajo. Pensar en eso no me ayudó en demasía, me quedé con las mismas dudas que al principio. Opté por algo intermedio así siempre acertaría, aunque a estas alturas del día, ya no sabía si había acertado en algo con él.

La hora de la cita se acercó demasiado rápido para mi gusto. No es que no tuviera ganas que llegara pero al mirar el reloj y mirar mi figura frente al espejo supe que necesitaba un par de horas más. Unos minutos para terminar de arreglarme y más de una hora para tranquilizarme y dejar de temblar. Empezaron a asaltarme las dudas. ¡¿Por qué demonios le había dicho que si a esa cita?! Pensé no presentarme, total, ¡¿qué posibilidades había de encontrármelo otra vez?¡  Seamos sensatas, tal como se había presentado el día, seguro que me lo encontraba nada más salir a la calle. Además me moría de curiosidad y saber más sobre Oliver. No. Decididamente tenía que acudir a la cita.

Al llegar al lugar del encuentro me encontré con que el tal Oliver no había llegado aún. Decidí esperar y darle los diez minutos de rigor acompañados del beneficio de la duda. La verdad es que aquello ya me mosqueó. El caso que llevaba un rato esperando cuando vi como una sombra negra se acercaba desde el fondo de la calle. Me preparé para lo peor y sólo respiré aliviada cuando comprobé que la sombra que se acercaba despacio era la de Oliver. “¡Dios pero que tío más guapo!” Fue lo primero que pensé al verlo. Estaba perfecto. Impecablemente trajeado. “¿Pero donde coño iba a llevarme para vestirse así?” Mi cabeza daba vueltas y no sólo por verle allí tan cerca de mí. Cuando se acercó para besarme, esta vez sí que hubo beso, olí su Hugo Boss y casi caí desmayada. Menos mal que me dio por ir arregladita que si no el desmayo se convertiría en un hecho irremediablemente, así que aguanté el tipo como buenamente pude. Por otra parte, ¿cómo desmayarme con aquel vestido puesto? Ni hablar. No es que fuese de firma pero, era apañado y me sentaba como un guante además de bien. Estrecho por encima de la rodilla, escote en pico y media manga. Negro y con unas lindas mariposas rojas a uno de los lados perfilando la figura que hacían juego con mis zapatos de tacón. Como para desmayarme.  Al besarme, un beso casto de amigos, fue cuando tuvo el detalle de preguntarme mi nombre. Carla, le dije yo, y pude notar que ya mi voz no sonaba tan segura cómo siempre. No sé que me pasaba pero me había hipnotizado. Me agarró de la cintura con una familiaridad pasmosa. Yo me deje llevar claro está. Cualquiera en mi situación habría hecho lo mismo. Oliver me condujo por la acera lo cual me extraño, no había coche, ni moto, ni bici, ni patinete…. Solo un paseo hasta el restaurante que por otro lado, no estaba tan lejos, eso sí, pijo de narices. Conocía ese restaurante por estar cerca de casa pero ni en mis mejores sueños habría imaginado entrar allí. Entonces me sentí pequeñita, muy pequeñita. Se me encogió el corazón al entrar por esas puertas de cristal inmaculadamente limpios y resplandecientes y ver a un camarero que nos recibía con una sonrisa de oreja a oreja y muy servicial, impecablemente trajeado con una servilleta blanca colgando de su brazo sin una arruga y perfectamente estirada. Tras preguntar a que nombre estaba hecha la reserva, nos acompañó a nuestra mesa. Una mesa igual que todo el restaurante, delicadamente decorada. Mira que es difícil arreglar una mesa pero, allí parecía que además trabajaba un decorador, cosa por otra parte nada raro. El caso es que después del primer impacto, decidí pasarlo bien, cuando tendría la oportunidad de volver a entrar allí no lo sabía por eso debía disfrutar hasta el último momento y así me dispuse a hacerlo. Además la compañía era encantadora. No había dejado de sonreír ni de soltar mi cintura, algo que hacía que me sintiera en una nube, provocando en mi un estado de rubor permanente. La cena fue de lo más agradable. Oliver sabía cómo hacer para tenerme entretenida. Era divertido, extrovertido, y encantador. Por todo esto me pasó volando el tiempo y cuando por fin salimos de allí, sentí pena porque sabía que pronto debíamos separarnos. Mi casa no estaba muy lejos así que el paseo de vuelta iba a ser corto. Empecé a maquinar cómo sería posible que nos volviésemos a ver. A pesar de que mi mente trabajaba a todo correr no se me ocurría nada. El tiempo y la distancia corrían en mi contra.

 Me dejó en la puerta de casa sin intención de entrar. Todo muy caballeroso. “¿Existen los caballeros todavía?” Yo no lo sabía pero sin duda frente a mí había uno. Mi desilusión fue colosal. Por una vez maldije la caballerosidad. Mira que mala suerte, para uno que hay me toca a mí.

Después de la despedida con un beso igual de casto que el del encuentro, me dejo más plantada que un nabo. ¡Tendrá valor el tío!

La verdad sea dicha chicas, me alegré como nunca de que me dejara en la puerta de casa, demostraba que no iba tan rápido, ¿no? Debo ser tonta del remate, mira que pensar eso.

No sé ni cómo me pude dormir. Todo aquello me parecía demasiado heavy para que me pasara a mí, soy una mujer normal y corriente a la que nunca le pasa nada estrafalario ni emocionante. Tardé en dormirme más de lo debidamente razonable y naturalmente eso…. Me pasó factura. 



  

Un pequeño homenaje.


Tertulias de cafés. Mi pequeño homenaje.


Nací el 15 de octubre de 1966, contaré  pues con cuarenta y siete años en pocos días. Y desde que cumplí los veintiséis llevo una rutina que no altero por nada; mi ritual siempre es el mismo desde que me levanto hasta que me acuesto. No os extrañará por tanto saber que cada mañana desayuno en la misma cafetería.  El motivo es simple; está cerca de casa y es barato. Por supuesto, mi desayuno siempre es igual: café con leche, dos sobres de azúcar y un croissant espolvoreado con un poco de azúcar glas. Ocupo siempre la misma mesa, dentro de la cafetería y tras un gran ventanal de inmaculados cristales por el que puedo ver pasar  las mañanas, así como el variopinto y alborotado ir y venir de la gente. Para ser completamente sincera, me permito una pequeña licencia en función de la estación, ya que en verano cambio la mesa del interior por una de la pequeña terracita.
No creáis que desayuno sola, nada más lejos de la realidad; me acompaña un amigo al cual, como a mí, le gusta observar el gentío que pasa por allí. Ambos nos enfrascamos en numerosas charlas y debates sobre la sociedad y el cambio que experimenta cada vez que decide estornudar. Unos debates que siempre terminan con el final de la mañana, momento en que enfilo el camino hacia casa, no sin antes despedirme muy educadamente de mi compañero y amigo de desayunos.
Conseguir siempre la misma mesa es muy simple. Llego al café muy temprano, a las ocho de la mañana, cuando hay tan poca gente que siempre está libre. La ocupo y dos minutos después hace acto de presencia mi compañero y amigo, cosa que agradezco porque no es hombre de madrugones. Impecablemente vestido, impecable su peinado como impecable sus modales. Ya los dos sentados y tras el consiguiente saludo matutino esperamos que el camarero se espabile algo más, se quite las legañas y termine su café tranquilamente. No tenemos prisa así que azuzar al pobre chico no nos sirve de nada. Cuando el camarero, por regla general un joven de unos veinte y pocos años llamado Salvador, se decide a atendernos le pedimos el desayuno. Siempre hablo yo.
-Un café con leche, dos sobres de azúcar y un croissant espolvoreado con azúcar glas para mí. Y para él- digo mirando a mi compañero de mesa,- un café solo.
No me importa confesar que tengo una gran adicción; adoro un buen café. Tan sólo el olor a café recién hecho me transporta a un estado de embriaguez del que no saldría si no fuera porque no se puede vivir en ese estado permanentemente, pero aún así la afición por el café de ese hombre era incluso mayor. ¡Hasta cinco tazas en una mañana!
Pues bien, el camarero tomaba nota después de hacerme repetir por dos veces  más que eran dos café, uno con leche y un croissant espolvoreado con azúcar glas. No quiero desmerecer su trabajo y valga mi efusivo respeto a ese gremio tan servicial, pero aquel chico era más bien algo justo de mollera. Si cada día le pedía lo mismo, ¿porque se empeñaba en, anotarlo? Ya se lo debería saber  de memoria, ¡no era tan complicado, Dios Santo! Y ¿por qué  nos miraba con aquella cara de embobado? Como no quería enfadarme por algo tan banal como era aquello, casi no le prestaba atención y ya en muchas ocasiones y sin que él me lo pidiera, yo le repetía dos veces más el desayuno sin  prestar apenas cuenta a su cara de extrañeza.
En cuanto el desayuno estaba en la mesa, como si de una alarma que pone el tiempo en marcha se tratara, comenzábamos nuestro diálogo.  Diálogo que mantenía a todo ser viviente dentro del café en constante atención y no con poca curiosidad.  Ni que decir tiene que a nosotros nos daba totalmente igual aquel interés que despertábamos y seguíamos enfrascados en nuestra tertulia. En algunas ocasiones empezábamos una discusión sin fin, tratando los dos, cada uno por su lado, de hacer que el otro cediera para darnos la razón a todo cuanto decíamos. Discusiones de chiquillos habría dicho mi madre, pero ¡vaya si nos lo pasábamos bien! Ninguno de  los dos falto jamás a su cita en los veinte años que duraron aquellos encuentros. Y ninguno de los dos llegó jamás tarde.
Como ya he dicho, nuestros debates rondaban siempre sobre la sociedad y su decadencia. Aquella mañana de invierno habíamos visto desde nuestro privilegiado asiento tras los ventanales como a una mujer mayor se le caía de las manos un pañuelo para el cuello, o fular como dirían algunos, y como un grupo de chicos jóvenes que pasaba junto a ella no se paraba para recogerlo del suelo y dárselo a la anciana. Ni siquiera hicieron el intento. Cuatro muchachos, jóvenes todos ellos, lozanos diría mi compañero, ágiles y despreocupados. Ninguno, ninguno, se dignó a recoger el fular del suelo y ayudar a la señora. Mi acompañante es un hombre con un extraordinario y agudo sentido del humor, pero eso no le impide ponerse serio cuando la ocasión lo requería.
-La educación se ha perdido querida amiga -se lamentaba amargamente.
Yo, claro está, y ante aquel panorama tan desolador, no podía hacer otra cosa que darle la razón. Pero en mi sempiterna defensa y confianza en la juventud, siempre decía que aquello era un mal alejado del verdadero ser de la juventud. Era entonces cuando malhumorado y cascarrabias como era mi amigo, se ponía a la defensiva diciendo que su época era mucho mejor, cayendo así en algo que siempre criticó. El tópico que tenían algunos y algunas por lamentarse de la época que les había tocado en suerte, asegurando que la época pasada siempre fue mejor.
-Todas las épocas de la historia son iguales, aunque sean distintas. El hombre actual es tan bestia y tan perverso como el que oyó gruñir en el Parlamento a Pi y Maragall* o como el que vio entrar en Toledo a Alfonso V,  o como el que dibujó mamuts en la cueva de Altamira. Y en cuanto a nuestra juventud futbolística, no es más ni menos estúpida que la juventud que bailaba en la Bombilla** con el bongo puesto***, o la que jugaba a la morra**** en los anfiteatros romanos.
Sí, mi amigo era muy suyo.
Entre charla y charla el desayuno desaparecía de nuestra mesa mientras la cafetería se llenaba de madrugadores buscando un desayuno que  no habían tenido tiempo de tomar en casa, bien por falta de tiempo, bien porque querían alargar un poco más su obligación de ir a un trabajo que, probablemente, no les gustaba. Ante este espectáculo yo volvía a pedir. Esta vez una tisana para mí y, como no, otro café solo para mi compañero de mesa. También era este el momento en que mi acompañante encendía su pipa, independientemente de si se encontraba dentro o fuera del café. Eso a él le importaba bien poco, a pesar que yo siempre le recordaba que la ley antitabaco no lo permitía.
- La opinión ajena me tiene perfectamente sin cuidado, lo que los demás murmuren de mí no me hará variar jamás de conducta.- decía muy educadamente.
Con esta forma de pensar y haciendo oídos sordos continuaba con su  labor, deleitándose con el olor tan característico del tabaco en pipa. Olor que no me desagradaba a pesar de no soportar el de un pequeño e insignificante cigarrillo. El momento del encendido de la pipa y de su primera bocanada era mágico. Ninguno hablaba, tan solo disfrutábamos del momento.
Pese a todo, debo confesar que las mañanas no resultaban tan amenas y apacibles como a simple vista parece. Todo lo contrario. Al verme y oírme hablar, mucha gente se quedaba confundida cuando pasaba por nuestra mesa y sin ningún tipo de pudor se nos quedaba mirando largo rato. Eso siempre que estábamos fuera, porque si las charlas eran dentro del café, la gente que ocupaba las mesas adyacentes a nosotros se levantaba sin atreverse a mirarnos y ocupaba otra mesa. A ser posible, lo más lejos que encontraban de nuestra compañía. Por ello, las mesas de nuestro lado terminaban desocupadas y libres sin que nadie se atreviera a sentarse. Y eso no era lo peor, ¡no que va!
Lo peor venía cuando alguien se atrevía a llamarme loca y trastornada, entonces la manada de borregos que allí se concentraban y haciendo caso del pastor hacía lo que este y me llovían infinidad de insultos y risas. Sin embargo, cuando mi compañero hablaba nadie decía nada. Esa falta de consideración hacia mi persona me ponía de muy mal humor y me hacía llegar a casa en verdadero estado de cabreo.
Aquel desafortunado momento también era abordado por nuestras tertulias terminando, sin comprender el porqué de tan absurda actuación de la gente. Nosotros no hacíamos nada, tan solo desayunábamos tranquilamente mientras charlábamos animadamente. En una ocasión llegué a comentarle que igual era por la falta de respeto de mi compañero de mesa al fumar en pipa. En otra ocasión, creí que era por mi énfasis cuando conversaba con mi compañero y amigo de alguna cosa trascendental para nosotros.  Pero, por raro que pudiera parecer aquello, nada tenía que ver con el verdadero fondo de la cuestión.
-Loca, trastornada, vete a un manicomio.
-¿De dónde te has escapado?
-Pobre de  tu familia.
-Qué lástima de mujer.
Esos eran los menos hirientes. Los insultos continuaban por largo rato, hasta que ya harto el pobre camarero y en un acto de benevolencia y simpatía hacia mí, ahuyentaba a la gente dejándonos más tranquilos hasta la siguiente embestida.
-La gente es ignorante por naturaleza -decía mi compañero de café-. Por muchos libros que lean, por mucha cultura que presuman tener, no son capaces de ver la verdadera y maravillosa naturaleza del ser humano. No obstante, se empeñan en ser crueles los unos con los otros. El hombre es el animal que más se parece al hombre.
Quizás tuviera razón, pero, ¡maldita la gracia que me hacía a mí!
El desayuno, como tantas cosas buenas en la vida, llegaba irremediablemente a su fin. Antes de dar por concluida nuestra mañana de conversación y cafés nos tomábamos un tiempo prudencial para deleitarnos una vez más de nuestra compañía en total y absoluto silencio. Tras aquel leve lapsus de tiempo ambos, a la vez, nos levantábamos de nuestras sillas y emprendíamos el regreso hacía la puerta de entrada al café. Allí nos despedíamos cortés y educadamente; ya he dicho que mi compañero era una persona extremadamente educada y, así que yo no podía ofenderle y ser menos educada que él; por consiguiente, nuestras despedidas así como nuestras citas eran muy civilizadas. Llegado el momento de irse lo hacíamos con la promesa silenciosa de saber que, lloviese o tronase, allí nos volveríamos a encontrar en la mañana siguiente.
Una vez en marcha hacía casa me invadía de nuevo la desazón y el temor que la gente me viera como una loca. En mi afán por comprender aquel comportamiento, que para mi disgusto se repetía cada mañana, me convencía que era por envidia pura y dura que yo conociera y que incluso compartiera charla y desayuno con alguien tan ilustre como mi querido amigo Enrique Jardiel Poncela. ¡¿Habrase visto semejante alboroto por unas simples charlas matutinas?!

*Francisco Pi y Margal, Fue un político, filósofo, jurista y escritor español, que asumió la presidencia del Poder Ejecutivo de la Primera República Española entre el 11 de junio y el 18 de julio de 1873
 **El Parque de la bombilla, antiguamente el espacio era empleado como viveros municipales para cultivar los árboles que posteriormente se incluían en las calles. El  13 de junio de cada año parte del parque se convierte en el escenario principal de la  festividades de San Antonio, además del Circo, en invierno y el Cine de Verano.
***Bongo, sombrero francés parecido al bombín.
 ****La morra, es un  juego de manos que consiste en acertar el número de dedos mostrados entre dos jugadores. Se trata de un juego de sociedad muy conocido desde la antigüedad en diversos países y que puede proceder de la costumbre de contar con los dedos.

Lola 
9/ 10/ 2013