miércoles, 9 de octubre de 2013

Un pequeño homenaje.


Tertulias de cafés. Mi pequeño homenaje.


Nací el 15 de octubre de 1966, contaré  pues con cuarenta y siete años en pocos días. Y desde que cumplí los veintiséis llevo una rutina que no altero por nada; mi ritual siempre es el mismo desde que me levanto hasta que me acuesto. No os extrañará por tanto saber que cada mañana desayuno en la misma cafetería.  El motivo es simple; está cerca de casa y es barato. Por supuesto, mi desayuno siempre es igual: café con leche, dos sobres de azúcar y un croissant espolvoreado con un poco de azúcar glas. Ocupo siempre la misma mesa, dentro de la cafetería y tras un gran ventanal de inmaculados cristales por el que puedo ver pasar  las mañanas, así como el variopinto y alborotado ir y venir de la gente. Para ser completamente sincera, me permito una pequeña licencia en función de la estación, ya que en verano cambio la mesa del interior por una de la pequeña terracita.
No creáis que desayuno sola, nada más lejos de la realidad; me acompaña un amigo al cual, como a mí, le gusta observar el gentío que pasa por allí. Ambos nos enfrascamos en numerosas charlas y debates sobre la sociedad y el cambio que experimenta cada vez que decide estornudar. Unos debates que siempre terminan con el final de la mañana, momento en que enfilo el camino hacia casa, no sin antes despedirme muy educadamente de mi compañero y amigo de desayunos.
Conseguir siempre la misma mesa es muy simple. Llego al café muy temprano, a las ocho de la mañana, cuando hay tan poca gente que siempre está libre. La ocupo y dos minutos después hace acto de presencia mi compañero y amigo, cosa que agradezco porque no es hombre de madrugones. Impecablemente vestido, impecable su peinado como impecable sus modales. Ya los dos sentados y tras el consiguiente saludo matutino esperamos que el camarero se espabile algo más, se quite las legañas y termine su café tranquilamente. No tenemos prisa así que azuzar al pobre chico no nos sirve de nada. Cuando el camarero, por regla general un joven de unos veinte y pocos años llamado Salvador, se decide a atendernos le pedimos el desayuno. Siempre hablo yo.
-Un café con leche, dos sobres de azúcar y un croissant espolvoreado con azúcar glas para mí. Y para él- digo mirando a mi compañero de mesa,- un café solo.
No me importa confesar que tengo una gran adicción; adoro un buen café. Tan sólo el olor a café recién hecho me transporta a un estado de embriaguez del que no saldría si no fuera porque no se puede vivir en ese estado permanentemente, pero aún así la afición por el café de ese hombre era incluso mayor. ¡Hasta cinco tazas en una mañana!
Pues bien, el camarero tomaba nota después de hacerme repetir por dos veces  más que eran dos café, uno con leche y un croissant espolvoreado con azúcar glas. No quiero desmerecer su trabajo y valga mi efusivo respeto a ese gremio tan servicial, pero aquel chico era más bien algo justo de mollera. Si cada día le pedía lo mismo, ¿porque se empeñaba en, anotarlo? Ya se lo debería saber  de memoria, ¡no era tan complicado, Dios Santo! Y ¿por qué  nos miraba con aquella cara de embobado? Como no quería enfadarme por algo tan banal como era aquello, casi no le prestaba atención y ya en muchas ocasiones y sin que él me lo pidiera, yo le repetía dos veces más el desayuno sin  prestar apenas cuenta a su cara de extrañeza.
En cuanto el desayuno estaba en la mesa, como si de una alarma que pone el tiempo en marcha se tratara, comenzábamos nuestro diálogo.  Diálogo que mantenía a todo ser viviente dentro del café en constante atención y no con poca curiosidad.  Ni que decir tiene que a nosotros nos daba totalmente igual aquel interés que despertábamos y seguíamos enfrascados en nuestra tertulia. En algunas ocasiones empezábamos una discusión sin fin, tratando los dos, cada uno por su lado, de hacer que el otro cediera para darnos la razón a todo cuanto decíamos. Discusiones de chiquillos habría dicho mi madre, pero ¡vaya si nos lo pasábamos bien! Ninguno de  los dos falto jamás a su cita en los veinte años que duraron aquellos encuentros. Y ninguno de los dos llegó jamás tarde.
Como ya he dicho, nuestros debates rondaban siempre sobre la sociedad y su decadencia. Aquella mañana de invierno habíamos visto desde nuestro privilegiado asiento tras los ventanales como a una mujer mayor se le caía de las manos un pañuelo para el cuello, o fular como dirían algunos, y como un grupo de chicos jóvenes que pasaba junto a ella no se paraba para recogerlo del suelo y dárselo a la anciana. Ni siquiera hicieron el intento. Cuatro muchachos, jóvenes todos ellos, lozanos diría mi compañero, ágiles y despreocupados. Ninguno, ninguno, se dignó a recoger el fular del suelo y ayudar a la señora. Mi acompañante es un hombre con un extraordinario y agudo sentido del humor, pero eso no le impide ponerse serio cuando la ocasión lo requería.
-La educación se ha perdido querida amiga -se lamentaba amargamente.
Yo, claro está, y ante aquel panorama tan desolador, no podía hacer otra cosa que darle la razón. Pero en mi sempiterna defensa y confianza en la juventud, siempre decía que aquello era un mal alejado del verdadero ser de la juventud. Era entonces cuando malhumorado y cascarrabias como era mi amigo, se ponía a la defensiva diciendo que su época era mucho mejor, cayendo así en algo que siempre criticó. El tópico que tenían algunos y algunas por lamentarse de la época que les había tocado en suerte, asegurando que la época pasada siempre fue mejor.
-Todas las épocas de la historia son iguales, aunque sean distintas. El hombre actual es tan bestia y tan perverso como el que oyó gruñir en el Parlamento a Pi y Maragall* o como el que vio entrar en Toledo a Alfonso V,  o como el que dibujó mamuts en la cueva de Altamira. Y en cuanto a nuestra juventud futbolística, no es más ni menos estúpida que la juventud que bailaba en la Bombilla** con el bongo puesto***, o la que jugaba a la morra**** en los anfiteatros romanos.
Sí, mi amigo era muy suyo.
Entre charla y charla el desayuno desaparecía de nuestra mesa mientras la cafetería se llenaba de madrugadores buscando un desayuno que  no habían tenido tiempo de tomar en casa, bien por falta de tiempo, bien porque querían alargar un poco más su obligación de ir a un trabajo que, probablemente, no les gustaba. Ante este espectáculo yo volvía a pedir. Esta vez una tisana para mí y, como no, otro café solo para mi compañero de mesa. También era este el momento en que mi acompañante encendía su pipa, independientemente de si se encontraba dentro o fuera del café. Eso a él le importaba bien poco, a pesar que yo siempre le recordaba que la ley antitabaco no lo permitía.
- La opinión ajena me tiene perfectamente sin cuidado, lo que los demás murmuren de mí no me hará variar jamás de conducta.- decía muy educadamente.
Con esta forma de pensar y haciendo oídos sordos continuaba con su  labor, deleitándose con el olor tan característico del tabaco en pipa. Olor que no me desagradaba a pesar de no soportar el de un pequeño e insignificante cigarrillo. El momento del encendido de la pipa y de su primera bocanada era mágico. Ninguno hablaba, tan solo disfrutábamos del momento.
Pese a todo, debo confesar que las mañanas no resultaban tan amenas y apacibles como a simple vista parece. Todo lo contrario. Al verme y oírme hablar, mucha gente se quedaba confundida cuando pasaba por nuestra mesa y sin ningún tipo de pudor se nos quedaba mirando largo rato. Eso siempre que estábamos fuera, porque si las charlas eran dentro del café, la gente que ocupaba las mesas adyacentes a nosotros se levantaba sin atreverse a mirarnos y ocupaba otra mesa. A ser posible, lo más lejos que encontraban de nuestra compañía. Por ello, las mesas de nuestro lado terminaban desocupadas y libres sin que nadie se atreviera a sentarse. Y eso no era lo peor, ¡no que va!
Lo peor venía cuando alguien se atrevía a llamarme loca y trastornada, entonces la manada de borregos que allí se concentraban y haciendo caso del pastor hacía lo que este y me llovían infinidad de insultos y risas. Sin embargo, cuando mi compañero hablaba nadie decía nada. Esa falta de consideración hacia mi persona me ponía de muy mal humor y me hacía llegar a casa en verdadero estado de cabreo.
Aquel desafortunado momento también era abordado por nuestras tertulias terminando, sin comprender el porqué de tan absurda actuación de la gente. Nosotros no hacíamos nada, tan solo desayunábamos tranquilamente mientras charlábamos animadamente. En una ocasión llegué a comentarle que igual era por la falta de respeto de mi compañero de mesa al fumar en pipa. En otra ocasión, creí que era por mi énfasis cuando conversaba con mi compañero y amigo de alguna cosa trascendental para nosotros.  Pero, por raro que pudiera parecer aquello, nada tenía que ver con el verdadero fondo de la cuestión.
-Loca, trastornada, vete a un manicomio.
-¿De dónde te has escapado?
-Pobre de  tu familia.
-Qué lástima de mujer.
Esos eran los menos hirientes. Los insultos continuaban por largo rato, hasta que ya harto el pobre camarero y en un acto de benevolencia y simpatía hacia mí, ahuyentaba a la gente dejándonos más tranquilos hasta la siguiente embestida.
-La gente es ignorante por naturaleza -decía mi compañero de café-. Por muchos libros que lean, por mucha cultura que presuman tener, no son capaces de ver la verdadera y maravillosa naturaleza del ser humano. No obstante, se empeñan en ser crueles los unos con los otros. El hombre es el animal que más se parece al hombre.
Quizás tuviera razón, pero, ¡maldita la gracia que me hacía a mí!
El desayuno, como tantas cosas buenas en la vida, llegaba irremediablemente a su fin. Antes de dar por concluida nuestra mañana de conversación y cafés nos tomábamos un tiempo prudencial para deleitarnos una vez más de nuestra compañía en total y absoluto silencio. Tras aquel leve lapsus de tiempo ambos, a la vez, nos levantábamos de nuestras sillas y emprendíamos el regreso hacía la puerta de entrada al café. Allí nos despedíamos cortés y educadamente; ya he dicho que mi compañero era una persona extremadamente educada y, así que yo no podía ofenderle y ser menos educada que él; por consiguiente, nuestras despedidas así como nuestras citas eran muy civilizadas. Llegado el momento de irse lo hacíamos con la promesa silenciosa de saber que, lloviese o tronase, allí nos volveríamos a encontrar en la mañana siguiente.
Una vez en marcha hacía casa me invadía de nuevo la desazón y el temor que la gente me viera como una loca. En mi afán por comprender aquel comportamiento, que para mi disgusto se repetía cada mañana, me convencía que era por envidia pura y dura que yo conociera y que incluso compartiera charla y desayuno con alguien tan ilustre como mi querido amigo Enrique Jardiel Poncela. ¡¿Habrase visto semejante alboroto por unas simples charlas matutinas?!

*Francisco Pi y Margal, Fue un político, filósofo, jurista y escritor español, que asumió la presidencia del Poder Ejecutivo de la Primera República Española entre el 11 de junio y el 18 de julio de 1873
 **El Parque de la bombilla, antiguamente el espacio era empleado como viveros municipales para cultivar los árboles que posteriormente se incluían en las calles. El  13 de junio de cada año parte del parque se convierte en el escenario principal de la  festividades de San Antonio, además del Circo, en invierno y el Cine de Verano.
***Bongo, sombrero francés parecido al bombín.
 ****La morra, es un  juego de manos que consiste en acertar el número de dedos mostrados entre dos jugadores. Se trata de un juego de sociedad muy conocido desde la antigüedad en diversos países y que puede proceder de la costumbre de contar con los dedos.

Lola 
9/ 10/ 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario