Permitidme que
hoy entre a vuestro ordenador para
haceros participes de una pequeña
historia. No es mi intención molestar ni abarcar un espacio haciéndolo mío pero
hoy como cada día, me senté ante el ordenador y mis dedos volaron convirtiendo
mis pensamientos en letras.
Mis comienzos con la
lectura y como descubrí este maravilloso mundo.
Evocando mis olvidados recuerdos diré, que al igual que
muchas personas mis comienzos con la lectura fueron gracias a que en casa había
una persona que siempre leía, mi padre.
Lo recuerdo horas sentado en el mismo sofá, que era el suyo,
con una novela en sus manos. Aún hoy sigue con esa vieja costumbre, en otro
sofá por supuesto, pero que también ha hecho de su propiedad. Él sólo leía
novelas de Marcial Lafuente Estefanía y en honor a la verdad diré que no leía,
devoraba novelas. ¡Dios mío con qué
rapidez lo hacía! Por aquel entonces, estaban de moda e incluso
nos hacía ir a una papelería cerca de casa a descambiarlas por otras, haciendo
que tanto mis hermanas como yo, nos
aprendiéramos el titulo de las que ya había leído a fin de no repetirlas. Ni
que decir tiene que en muchas ocasiones el kiosquero no tenía novelas para
descambiar ya que las habíamos cambiado todas y le tocaba esperar a la nueva
remesa. El caso, es que yo lo veía siempre con su novela en las manos. En mi
tierna e infantil inocencia, lo miraba embelesada al tiempo que pensaba que
aquello que leía debía será algo mágico. Al mismo tiempo que yo, mi hermana
mayor en sus más íntimos y secretos pensamientos, debía estar reflexionando exactamente
lo mismo porque poco tiempo después y cambiando una de las novelas de
papá por otra de Corín Tellado, empezó a leer. Así pues allí me ves tú en la
sala de casa viendo como ellos, cada uno con su novela en sus manos gozaban de
la lectura. Uno, con cara de disfrutar como un niño, los ojos a puntos de
salirse de sus orbitas, metido por completo en aquella historia que la novela
le contaba, emocionado como se ponía ante aquel despliegue de letras. La otra,
con una cara de tonta que no tenía desperdicio y una eterna sonrisa en su boca.
Todo aquello no hacía más que testimoniar mis conclusiones, debía ser estupendo
lo que estaba leyendo y yo, me lo estaba perdiendo. Yo aún no sabía que uno
leía novelas del oeste, vaqueros e indios campaban a sus anchas por aquellas
páginas donde el muchacho, como decía mi padre, disparaba una vez y con una
sola bala, mataba a tres y que la otra leía novelas románticas despertando así
su instinto enamoradizo y dulzón de los primeros sueños de amor.
Así que ni corta ni perezosa y como la cara de mi padre me
gustaba más al leer, me inicié en el arduo y gratificante mundo de la lectura
con una novela de Marcial Lafuente Estefanía.
Digo “arduo”, porque yo apenas sabía leer y tenía que releer la misma
página varias veces para enterarme de lo que allí se cocía. Y digo “no sabía” porque a pesar de tener doce años además de
leer, que sí sabía, debía entender lo que leía y es ahí donde la cosa se
complicaba.
Con el tiempo, fui descubriendo que en todas las novelas la
historia era la misma con distintos personajes y la lectura me empezó a resultar
pobre. Lo intenté con un par de Corín Tellado pero, más de lo mismo, además de
empalagosas. Ante aquel panorama, mis
expectativas empezaron a despertarse a la vez que se interesaban por otro tipo
de lectura más consistente. Volviéndome más exigente y selectiva mientras iba
creciendo, conociéndome, escogiendo mis propios libros y seleccionando mis
escritores favoritos creyéndome en poco tiempo una experta en la materia. ¡Menuda experta!
Por primera vez puse mis ojos en un libro “El señor de los
anillos” de J. R. R. Tolkien. Peazo libro. Pero no me amedrenté, y lo leí.
Enterito. Me gustó tanto que, no solo no he dejado de leer sino que lo he leído
tres veces y aunque no es mi libro de “cabecera” ese es “El enfermo imaginario”
de Moliere, sí es verdad que disfruté tanto con la lectura que me sirvió para
que no dejar de hacerlo y para que además, sintiera ese gusanito de la llamada
de la escritura. Sueños de una pobre ilusa e inexperta lo sé pero, ¿qué queréis
que os diga? No solo me relaja y me evade, también me sirvió como aprendizaje. Me enseñó a corregir falta de ortografías,
aprendí a utilizar sinónimos, así como una infinidad de cosas que no sabía.
Pero, aprendí y esto creo que es lo más importante, que puedo hacerlo.
Mi escritura es simple, llana y directa, no me gusta adornar
tanto una cosa o situación que resulte cargante, aburrida
y tediosa. Mi escritura quizás sea pobre sin embargo, escribo lo que
quiero leer. Cuando me siento a escribir siempre me hago la misma pregunta:” a
ver Lolilla tú, ¿qué quiere leer, que quieres encontrar en un libro?” Y así
comienzo. Algunos dirán que mis expectativas no son muy altas pero os
diré algo, el día que acabe mi novela, quiero sentirme satisfecha y orgullosa
por el reto cumplido aunque, solo la vaya a leer yo.
Muchísimas gracias por llegar hasta aquí.
Lola


...jajaja.me ha gustado esto.Nuestros padres deberían haberse conocido entonces para compartir novelas,ya que se leían las mismas.También mi padre inculcó en mi la lectura.El primer libro que a mi me engancho fue,"A través del desierto y de la selva"y desde entonces podría nombrar muchos.Entre los libros que todavía quiero leer,están los tuyos,no serás la única que los vea,yo también prefiero la lectura directa con los rodeos justos,que hay algunos que lian tanto que se te quitan las ganas de seguir leyendo....
ResponderEliminarjajaja ,me ha gustado eso de querer leer los mios. En cuanto tenga la novela terminada de corregir te la pasaré con mucho gusto, eso sí, no te esperes gran cosa es sólo para distraer un poco. Gracias Lore.
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