miércoles, 9 de octubre de 2013

Mis comienzos con la lectura



Permitidme que hoy entre a vuestro  ordenador para haceros participes de  una pequeña historia. No es mi intención molestar ni abarcar un espacio haciéndolo mío pero hoy como cada día, me senté ante el ordenador y mis dedos volaron convirtiendo mis pensamientos en letras.


Mis comienzos con la lectura y como descubrí este maravilloso mundo.

Evocando mis olvidados recuerdos diré, que al igual que muchas personas mis comienzos con la lectura fueron gracias a que en casa había una persona que siempre leía, mi padre.
Lo recuerdo horas sentado en el mismo sofá, que era el suyo, con una novela en sus manos. Aún hoy sigue con esa vieja costumbre, en otro sofá por supuesto, pero que también ha hecho de su propiedad. Él sólo leía novelas de Marcial Lafuente Estefanía y en honor a la verdad diré que no leía, devoraba novelas. ¡Dios mío con qué rapidez lo hacía! Por aquel entonces, estaban de moda e incluso nos hacía ir a una papelería cerca de casa a descambiarlas por otras, haciendo que tanto mis hermanas  como yo, nos aprendiéramos el titulo de las que ya había leído a fin de no repetirlas. Ni que decir tiene que en muchas ocasiones el kiosquero no tenía novelas para descambiar ya que las habíamos cambiado todas y le tocaba esperar a la nueva remesa. El caso, es que yo lo veía siempre con su novela en las manos. En mi tierna e infantil inocencia, lo miraba embelesada al tiempo que pensaba que aquello que leía debía será algo mágico. Al mismo tiempo que yo, mi hermana mayor en sus más íntimos y secretos pensamientos, debía  estar reflexionando  exactamente  lo mismo porque poco tiempo después y cambiando una de las novelas de papá por otra de Corín Tellado, empezó a leer. Así pues allí me ves tú en la sala de casa viendo como ellos, cada uno con su novela en sus manos gozaban de la lectura. Uno, con cara de disfrutar como un niño, los ojos a puntos de salirse de sus orbitas, metido por completo en aquella historia que la novela le contaba, emocionado como se ponía ante aquel despliegue de letras. La otra, con una cara de tonta que no tenía desperdicio y una eterna sonrisa en su boca. Todo aquello no hacía más que testimoniar mis conclusiones, debía ser estupendo lo que estaba leyendo y yo, me lo estaba perdiendo. Yo aún no sabía que uno leía novelas del oeste, vaqueros e indios campaban a sus anchas por aquellas páginas donde el muchacho, como decía mi padre, disparaba una vez y con una sola bala, mataba a tres y que la otra leía novelas románticas despertando así su instinto enamoradizo y dulzón de los primeros sueños de amor.
Así que ni corta ni perezosa y como la cara de mi padre me gustaba más al leer, me inicié en el arduo y gratificante mundo de la lectura con una novela de Marcial Lafuente Estefanía.  Digo “arduo”, porque yo apenas sabía leer y tenía que releer la misma página varias veces para enterarme de lo que allí se cocía. Y digo “no sabía”  porque a pesar de tener doce años además de leer, que sí sabía, debía entender lo que leía y es ahí donde la cosa se complicaba.
Con el tiempo, fui descubriendo que en todas las novelas la historia era la misma con distintos personajes y la lectura me empezó a resultar pobre. Lo intenté con un par de Corín Tellado pero, más de lo mismo, además de empalagosas.  Ante aquel panorama, mis expectativas empezaron a despertarse a la vez que se interesaban por otro tipo de lectura más consistente. Volviéndome más exigente y selectiva mientras iba creciendo, conociéndome, escogiendo mis propios libros y seleccionando mis escritores favoritos creyéndome en poco tiempo una experta en la materia. ¡Menuda experta!
Por primera vez puse mis ojos en un libro “El señor de los anillos” de J. R. R. Tolkien. Peazo libro. Pero no me amedrenté, y lo leí. Enterito. Me gustó tanto que, no solo no he dejado de leer sino que lo he leído tres veces y aunque no es mi libro de “cabecera” ese es “El enfermo imaginario” de Moliere, sí es verdad que disfruté tanto con la lectura que me sirvió para que no dejar de hacerlo y para que además, sintiera ese gusanito de la llamada de la escritura. Sueños de una pobre ilusa e inexperta lo sé pero, ¿qué queréis que os diga? No solo me relaja y me evade, también me sirvió como aprendizaje.  Me enseñó a corregir falta de ortografías, aprendí a utilizar sinónimos, así como una infinidad de cosas que no sabía. Pero, aprendí y esto creo que es lo más importante, que puedo hacerlo.
Mi escritura es simple, llana y directa, no me gusta adornar tanto una cosa o situación que resulte cargante,  aburrida  y tediosa. Mi escritura quizás sea pobre sin embargo, escribo lo que quiero leer. Cuando me siento a escribir siempre me hago la misma pregunta:” a ver Lolilla tú, ¿qué quiere leer, que quieres encontrar en un libro?” Y así comienzo.  Algunos dirán que  mis expectativas no son muy altas pero os diré algo, el día que acabe mi novela, quiero sentirme satisfecha y orgullosa por el reto cumplido aunque, solo la vaya a leer yo.
Muchísimas gracias por llegar hasta aquí.
Lola

2 comentarios:

  1. ...jajaja.me ha gustado esto.Nuestros padres deberían haberse conocido entonces para compartir novelas,ya que se leían las mismas.También mi padre inculcó en mi la lectura.El primer libro que a mi me engancho fue,"A través del desierto y de la selva"y desde entonces podría nombrar muchos.Entre los libros que todavía quiero leer,están los tuyos,no serás la única que los vea,yo también prefiero la lectura directa con los rodeos justos,que hay algunos que lian tanto que se te quitan las ganas de seguir leyendo....

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    1. jajaja ,me ha gustado eso de querer leer los mios. En cuanto tenga la novela terminada de corregir te la pasaré con mucho gusto, eso sí, no te esperes gran cosa es sólo para distraer un poco. Gracias Lore.

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